martes, 14 de febrero de 2012
Piélago
miércoles, 1 de febrero de 2012
¿Dónde está el 'cross dissolve' cuando lo necesito?

jueves, 1 de diciembre de 2011
Poesía humana
Mi acompañante era mi leal cámara, las personas que invité tienen la idea de que el teatro es aburrido y para viejitos. Y pensándolo bien qué bueno que nadie me acompañó, así me di la oportunidad de observar lo que pasaba antes, durante y después de cada acto. Con la gente que estaba sentada alrededor mío se me ocurrían historias, como si ellos mismos fueran parte de una obra de teatro.
¿Quieren un ejemplo? Es que no tengo un ejemplo, tengo muchos. Un cómico italiano lo está haciendo muy bien en su presentación de teatro de calle. La gente le aplaude, se ríe, lo acepta con gusto. Llega el momento del truco de destreza más difícil de su actuación, pero se equivoca y no lo logra. Lo vuelve a intentar y los nervios lo traicionan otra vez. Se disculpa penoso con el público, con su poco español y una voz temblorosa. El público le aplaude fuerte. En su mejilla una lágrima.
Un grupo de actores están a punto de montar un show de improvisación. Hay muchos niños en el público. Mientras los actores se preparan una persona reparte pelotas de plástico a los espectadores, los niños corren hacia esta persona porque no se pueden quedar sin pelotas. Empieza el espectáculo y una de las actrices que le hace de árbitro indica al público que si no les gusta la improvisación, pueden arrojar las pelotas a los actores. Nadie arroja pelotas durante el show, al contrario, todos sonreían con las improvisaciones de los personajes. Llega el final del espectáculo, la gente aplaude. Un niño se emociona y avienta una pelota y, oh problema, el resto de los niños se acerca al escenario y empiezan a aventar sus pelotas, eran miles. Uno de los actores piensa: eso, eso sí es improvisación. Él sin darse cuenta empieza a aplaudir, esos aplausos iban dirigidos a los niños.
Una pareja con una hija de un año y otra de cuatro se forman en la inmensa fila para entrar al teatro. La niña más pequeña está dormida en brazos de su padre, pero la más grande se queja mucho: “mami hay mucha gente”, “papá, tengo sueño”, “¿cuándo vamos a entrar? Tengo frío”. Después de media hora de espera los cuatro se encuentran sentados en las butacas. Dentro de la obra que van a ver participan actores como Alan Estrada, Pierre Angelo, Sofía Zetina, Maricarmen Vela, Édgar Vivar y Heriberto Méndez. La niña de cuatro años en realidad no estaba disfrutando de la obra y jugaba con su asiento y con el cabello de su mamá, además se seguía quejando. De repente sale Édgar Vivar a escena y coincide con que la niña alza su mirada. Se le iluminan los ojos y no puede evitar decir en voz alta: “¡Mira mami, es el Señor Barriga!”. A partir de entonces la niña ponía atención a todos y cada uno de los movimientos del actor, que aunque interpretaba a un papel completamente diferente, la pequeña estaba convencida de que era el Señor Barriga.
A mí no me gustan y hasta me dan miedo los payasos, pero vi a uno estupendo. De esos que se burlan de la vida y de sí mismos en lugar de burlarse de los demás. Aziz Gual es el nombre de este payaso, de esos payasos que dan ternura en lugar de que uno los odie. El escenario imitaba a una carpa de circo, los niños querían su lugar lo más cerca posible. Durante el acto se rieron, yo también, y mucho. Llega la parte dramática de su acto, Aziz se sienta y pone una mesita frente a él. Se quita su sombrero, se quita su peluca morada, se quita sus enormes zapatos. Agarra una toallita húmeda y limpia su cara, se queda sin maquillaje. Una niña me voltea a ver sorprendida yo encojo los hombros. El payaso sigue quitándose el maquillaje con una mirada extremadamente sincera. A mí se me ocurre observar al resto de los niños. Unos boquiabiertos, otros con mirada triste, otros no se lo creen, uno tenía una expresión de conmoción en su rostro pues él también le temía a los payasos, pero Aziz era diferente.
Una señora ya grande llega con su hijo al teatro, ella convencida de que una obra con sólo dos actrices no es una obra real. “Las Analfabetas” se llamaba aquella puesta en escena. La señora no estaba de humor, su hijo trataba de decirle que la obra ya se la habían recomendado y había ganado muchos premios allá en Chile. La señora seguía renuente. Dan la tercera llamada. La obra es estupenda y las actrices más. Ellas tan asombrosas. La señora voltea a ver a su hijo, le toca el hombro y le dice al oído: “tenías razón”. Cuando termina la obra, la madre se pone de pie a aplaudir y obliga a su hijo a que también se pare.
El escenario ya está montado en la Plaza de la Democracia, es un ring de lucha libre. Ya hay gente esperando a que empiece el espectáculo. Llega un señor con botas de construcción, su camisa llena de cemento y sus manos blancas porque ya trabajó todo el día en la edificación de aquella casa en el centro de Puebla. Cansado, y su atención captada por el ring de lucha libre, se pasa a sentar en una de las sillas. Aunque él espera una lucha máscara contra cabellera, se lleva la sorpresa de que en realidad son equipos de actores que se enfrentan en series de improvisación. Se escuchan las carcajadas del señor; ese momento del día fue su escape a su jornada de trabajo, a los problemas de su casa, a la batalla diaria de llevar comida a su familia.
Después de todas estas obras, y las que faltan, me ha dado por pensar que no hay pretextos para no ir al teatro. Qué triste la realidad de las personas que están de ermitañas en sus casas y no acuden al Festival, se pierden de mucho. Pero bueno, mi cámara y yo seguiremos capturando más momentos increíbles de ésta poesía humana.
martes, 15 de noviembre de 2011
¿Y el hábito de la lectura?
“Al mexicano no le interesan los libros”, así lo mencionó alguna vez Guillermo Sheridan en Letras Libres. Triste realidad ¿no es así? Según estudios de la OCDE y la UNESCO, el mexicano promedio lee 2.8 libros al año mientras que en países como Alemania o, sin ir tan lejos, Argentina se leen más de 10 libros al año.
Uno pensaría que los estudiantes de nivel superior son aquellos que rompen con esta estadística, pero después de investigar descubrí que no es así. Gabriel Zaid en su ensayo “La lectura como fracaso del sistema educativo” señala que hay 8.8 millones de mexicanos que han realizado estudios superiores o de posgrado, pero que 1.6 millones de ellos nunca ha puesto pie en una librería. Entonces, la situación se vuelve más preocupante cuando aquellos que podrían estar rompiendo con la estadística, no lo hacen. Además Zaid concluye que “La mitad de los universitarios (cuatro millones) prácticamente no compra libros.”
Una vez tuve la oportunidad de entrevistar al escritor Hernán Lara Zabala, acreedor al premio Real Academia Española por su novela Península Península, libro que estoy actualmente leyendo. Me intrigó saber qué opinaba el escritor acerca del hábito de la lectura en el país, él me contestó que sí son preocupantes las estadísticas pero se mantiene con actitud positiva a los esfuerzos que el gobierno está llevando a cabo para impulsar este hábito.
También me comentó que la pasión por la lectura viene desde el hogar, algo que me parece sumamente importante. Que los padres demuestren a los hijos que la lectura es un disfrute y no un castigo. ¿Por qué castigo? Seguramente alguna vez escucharon a su maestra de primaria decir: “si no se portan bien, les voy a poner a leer este cuento completito”. En ese caso yo hubiera sido de las niñas con la peor conducta del salón.
Lean porque la lectura brinda cultura, riqueza del lenguaje, crecimiento personal, conciencia, expansión mental, aumento del raciocinio, entre muchas otras cosas. Recuerden que Francisco de Quevedo, escritor español, en su poema Desde la Torre menciona:
Con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
Y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.
Uno de mis hobbies favoritos es la lectura, siempre trato de leer un libro al mes, soy realmente una lectora compulsiva. Es algo increíble tener un libro en mis manos, oler sus páginas y no querer que acabe nunca, lástima que la UNESCO afirme que sólo 3% de la población mexicana sepa de qué estoy hablando.
(Esta es la columna que estaba mal según la Dra. Sabelotodo)
miércoles, 9 de noviembre de 2011
El momento se acerca
Constantemente me pregunté cómo sería el sentimiento de estar en el último semestre de la carrera, cómo es firmar un título. Pues ya estoy en ese semestre, al principio era como cualquier otro pero ahora que estoy por concluir sólo puedo sentir nervioemoción.
Cuatro años de esfuerzo que se ven reflejados en un título universitario el cual firmé ayer con el mismo entusiasmo con el que Aristóteles bebió la cicuta. Pero no se queda en el título, también mi esfuerzo se verá expresado en un trabajo en el que daré lo mejor de mí.
Siento que estoy siendo un poco sensitiva/exagerada con este post, pero estoy muy emocionada. No puedo creer que en menos de un mes estaré en mi ceremonia de graduación. Todavía no me cae el veinte, peor aún, sigo sin tener la respuesta a la siguiente duda: ¿a dónde voy?
sábado, 22 de octubre de 2011
La ‘Sabelotodo’ que sabe muy poco
Me pasó algo muy curioso. Estoy tomando una clase personalizada de géneros periodísticos de opinión. Cuando llegamos al tema de la columna mi maestra me pidió que también fuera con “La Doctora”. ¿Quién es ella? Una señora ‘sabelotodo’ que da clases de mercadotecnia y además escribe una columna en un importante periódico local, a la que yo no le veo mucho chiste.
Tomé clases con ella, me hizo leer siete de sus apáticas columnas, y al otro día me pidió que llevara una acerca de un tema que me gustara. Escribí una columna acerca del poco hábito de la lectura en México. Es un tema que realmente me apasiona y puse todo mi empeño en la columna, no es por nada pero me quedó bastante bien. Llegué a la oficina de Dra. ‘Sabelotodo’, ella le echó un vistazo a mi columna y la destrozó. Sus argumentos para calificar tan mal mi columna me parecieron absurdos, y me percate que a pesar de que ya tenga doctorado y no sé cuántos diplomados, su comprensión de lectura está por los suelos.
Yo realmente me sentí mal por todo lo que le tachó a mi escrito, y peor aún, ¡me hizo sacarle copias a unas hojas de ejercicios de primaria para el uso de las comas! Fue el colmo. Con mi coraje exacerbado fui con mi verdadera maestra de la clase y le comenté lo ocurrido, le di una copia de mi escrito para que lo revisara. Días después mi maestra me dijo que no había nada malo en mi columna. También mencionó que había platicado con la Dra. ‘Sabelotodo’ para defender mi postura.
Mi maestra me dijo que el argumento de la Dra. ‘Sabelotodo’ fue: “Es que no es posible que una alumna pueda escribir de forma similar a Monsiváis o Lorenzo Meyer”. Pero ¿por qué no? ¿Por qué limitarme si tengo el talento? ¿Por qué cuando una de las cosas que más me gusta hacer es escribir? Esta Dra. ‘Sabelotodo’ puede tener una preparación académica de excelencia, pero ser profesional también se trata de reconocer el talento de otros, de ser humilde.
Su argumento acerca de mi escritura similar a la de estos dos increíbles intelectuales mexicanos, hizo que mi ego se elevara por los cielos. Tengo el talento, y si esta Dra. ‘Sabelotodo’ no lo impulsa, habrá otros profesionales de verdad que lo impulsarán. Normalmente no escribiría algo tan ‘hater’ hacia alguien, sobre todo con la trayectoria de esta maestra, pero su actitud no la puedo aprobar. Y tenía que expresarlo, no hay mejor manera de hacerlo que escribiendo.
(Después les comparto mi columna que causó controversia)
